Inmadurez en el Neurodesarrollo: comprender antes de etiquetar
- Spring Steps

- 1 sept 2025
- 4 Min. de lectura

Ser padres, madres o cuidadores nos pone frente a una tarea hermosa pero compleja: acompañar a nuestros hijos mientras se construyen a sí mismos. Entre los primeros desafíos está entender su desarrollo. ¿Estoy frente a una dificultad real o sólo es una etapa? ¿Debe preocuparme que mi hijo no haga lo mismo que otros de su edad? Antes de asustarnos o etiquetar, es fundamental comprender un concepto clave: la inmadurez en el neurodesarrollo.
El neurodesarrollo es un proceso dinámico donde el niño y su entorno interactúan constantemente. A partir de esa interacción, su cerebro madura, aparecen nuevas funciones y se configuran las bases de la personalidad. Este proceso no ocurre de un día para otro, ni de forma lineal, y mucho menos igual para todos. Cada niño tiene su propio ritmo y su propia manera de construirse. Cuando hablamos de “inmadurez”, no hablamos de enfermedad, ni de patología, ni de un problema irreversible. Hablamos de un ritmo más lento o de un orden distinto en procesos que, con el tiempo y los estímulos adecuados, tienden a madurar. Desde esta mirada, vale la pena entender qué significa, por qué ocurre y cómo identificarla.
Durante los primeros años de vida existe una enorme plasticidad cerebral, que permite mielinizar, conectar, organizar y fortalecer áreas cognitivas, sensoriales, motoras y emocionales. Este periodo no es indiferente a las experiencias: lo que el niño vive —en casa, en la escuela, en el juego— forma parte activa de ese cableado interno que sostendrá aprendizajes más complejos más adelante. Por eso se habla tanto de estimulación temprana, contacto, movimiento, vinculación afectiva y juego, no son moda, son alimento para el desarrollo cerebral.
La inmadurez en el neurodesarrollo puede presentarse en diferentes áreas. Un niño que todavía no tolera estar sentado mucho tiempo, que no distingue arriba de abajo, o que no logra seguir dos instrucciones consecutivas, puede estar mostrando que aún no cuenta con la madurez neurofuncional para ciertos aprendizajes escolares. Esto no significa falta de inteligencia, falta de límites o falta de interés; significa que su cerebro aún está ajustando conexiones necesarias. Algo importante que a veces se pasa por alto es que la inmadurez puede ser heterogénea. Un niño puede tener muy buen lenguaje, pero torpeza motora. O puede tener buena motricidad gruesa, pero poca organización visoespacial. Puede ser muy sociable, pero con escasa regulación emocional. Esto complica la lectura del adulto sobre el niño; si vemos fortalezas, es fácil ignorar las áreas que aún requieren maduración.
En la práctica clínica también se describen tipos de inmadurez: neurológica, emocional y psicomotora. La neurológica se relaciona con patrones eléctricos inmaduros; la emocional, con baja inhibición y respuestas afectivas intensas; y la psicomotora, con dificultades para integrarse y para sostener aprendizajes escolares. Estas categorías no son diagnósticos, son lentes que ayudan a organizar la observación. Los signos de alerta también existen, especialmente cuando la inmadurez aparece muy temprano: bebés que evitan el piso, que se desplazan usando sólo un lado del cuerpo, que no balbucean, o que demoran hitos motores básicos como sentarse o gatear. En estos casos, una evaluación oportuna puede marcar una gran diferencia.
¿Por qué importa hablar de esto? Porque la inmadurez sostenida, sin intervención y sin comprensión, puede derivar en dificultades de aprendizaje. Cuando un niño no ha consolidado control postural, procesamiento sensorial, lateralidad, coordinación óculo-manual o nociones espacio-temporales, es esperable que la lectoescritura y el cálculo se vuelvan más difíciles. No porque “sea malo en la escuela”, sino porque la escuela exige funciones que todavía no están listas.
Aquí aparece otro concepto clave: prevenir no es acelerar. La intervención temprana no consiste en obligar al niño a leer antes, ni en llenarlo de cuadernos, tutorías o aplicaciones educativas. Consiste en ofrecer experiencias que nutran su desarrollo sensorial, motor, cognitivo y emocional desde la exploración, el juego, el movimiento y el vínculo. Estimular no es manipular ni forzar, sino favorecer vivencias enriquecedoras para un desarrollo sano y armonioso. Como padres y madres, es importante no comparar. La comparación es una trampa que angustia y confunde. En lugar de preguntarnos “¿por qué mi hijo no hace lo que hacen los demás?”, vale más preguntarnos “¿qué necesita mi hijo hoy para seguir madurando?”. Algunas veces la respuesta será tiempo; otras, acompañamiento profesional; otras, cambios en el entorno.
También es valioso entender que la escuela no siempre está sincronizada con los ritmos biológicos. El modelo escolar pide sentado, quieto, ordenado, que siga instrucciones, que copie de la pizarra, que atienda sin distraerse. Pero el desarrollo infantil no siempre acompaña ese calendario. Cuando hay inmadurez, el niño puede sufrir, frustrarse o sentirse inadecuado. No porque no quiera, sino porque no puede todavía. Por eso, antes de etiquetar, castigar o preocuparnos en exceso, detengámonos. Observemos el contexto, el momento, la historia del niño, sus hitos, su motricidad, su regulación emocional, su forma de jugar y comunicarse. El desarrollo no es una carrera. No hay una fecha universal para cada logro. Hay ritmos neurobiológicos que debemos aprender a respetar.
Entender la inmadurez del neurodesarrollo nos invita a mirar la infancia con paciencia, con ciencia y con humanidad. Nos recuerda que el cerebro se desarrolla en relación, que cada niño necesita experiencias que le hagan sentido, y que acompañar no es corregir, sino sostener mientras se madura. Porque al final, lo que queremos no es niños que se adapten rápido, sino niños que se desarrollen bien.




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