Autorregulación emocional en la infancia: el camino para aprender a calmarse
- Spring Steps

- 1 dic 2025
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Cuando hablamos de autorregulación emocional en niños, estamos hablando de un proceso que no aparece solo, ni nace listo. Es algo que se aprende dentro de la relación con los adultos y que requiere tiempo, repetición y acompañamiento. La bibliografía que tenemos lo muestra con claridad cuando describe que las emociones se sienten en el cuerpo, se expresan en la conducta y, poco a poco, se van organizando con ayuda externa. La sensación de enojo suele aparecer primero con fuerza: el cuerpo se activa, el corazón late más fuerte, la voz sube, la respiración se acelera y la sensación interna es de querer gritar, pisar fuerte o decir que no. Cuando uno está pequeño, ese momento se vive así, como algo enorme y difícil de controlar.
En ese sentido, las rabietas y los enfados son parte de la infancia. Las rabietas o berrinches aparecen cuando el niño quiere algo, pero no puede conseguirlo, o cuando se frustra ante una negativa. Esa frustración no siempre puede expresarse con palabras, así que sale con llanto, gritos o patadas. Es importante recordar que estos comportamientos no son un fallo del niño, sino una señal de que todavía está aprendiendo a regularse. La conducta es la parte visible, pero debajo de ella hay una emoción o necesidad. Por eso es importante observar, registrar y entender qué está pasando antes de intervenir. La autorregulación, desde esta mirada, no es suprimir la emoción, sino aprender a manejarla de forma que no haga daño ni al niño ni a los demás. Aquí entra un punto importante: la autorregulación no es lo mismo que la obediencia. Un niño puede obedecer por miedo o por evitar un regaño, pero eso no significa que haya aprendido a regularse. La autorregulación aparece cuando el niño logra identificar lo que siente, tiene estrategias para calmarse y puede elegir una acción adecuada.
¿Cómo se logra esto desde casa? Una de las más importantes es la validación emocional. El adulto debe reconocer lo que el niño siente, aunque no apruebe la conducta. Decir cosas como “veo que estás enfadado” o “entiendo que querías eso y te da rabia que no se pueda” ayuda al niño a ponerle nombre a la emoción y a sentirse comprendido. Esta comprensión disminuye el nivel de activación emocional y abre espacio para enseñar. Cuando el adulto niega, ridiculiza o castiga la emoción, el niño no aprende a manejarla; solo aprende a esconderla. Otra herramienta es ofrecer alternativas concretas. Por ejemplo, usar palabras, dibujar, respirar, pedir ayuda o tomar distancia. Esta enseñanza no ocurre en medio del enfado, sino antes y después, cuando el niño está calmado. Esa parte es clave: la autorregulación se entrena fuera del momento crítico. En medio del enfado, el niño está dominado por la emoción y necesita acompañamiento, no explicación.
Desactivar la ira muestra un enfoque estructurado donde se enseña al niño a identificar señales internas del enfado, reconocer qué lo activa y practicar pasos para calmarse. Aunque está pensado para guiar al niño, sirve mucho para entender el proceso. El enfado tiene un inicio, un pico y una bajada, y que el adulto pueda intervenir en las tres fases es necesario en la construcción de las herramientas necesarias para aprender a identificar y autorregular la emoción. En el inicio, ayudando a identificar; en el pico, acompañando y conteniendo; y en la bajada, enseñando y reflexionando. Esto es autorregulación: transitar la emoción con apoyo y luego aprender a manejarla de forma más autónoma.
También es importante contemplar el aprendizaje social. Las habilidades emocionales se desarrollan cuando el niño entiende cómo se siente, por qué se siente así y qué puede hacer con eso. Desde ahí, la regulación emocional permite interactuar mejor con otros, resolver conflictos y cumplir metas. Esto conecta con la vida familiar: la casa es el primer espacio social donde el niño practica estas habilidades.
En términos prácticos, desde casa se puede favorecer la autorregulación de varias maneras. Primero, anticipando. Si el niño sabe qué viene, hay menos frustración. Segundo, ofreciendo tiempos y espacios de calma, porque un niño saturado o cansado se regula peor. Tercero, enseñando estrategias de calma cuando el niño está tranquilo. Cuarto, modelando. Los niños observan cómo reaccionan los adultos ante la frustración, el enojo o el cansancio. Si el adulto grita, golpea o insulta, eso se aprende. Si el adulto respira, pide tiempo o usa palabras, eso también se aprende. Debemos recordar que amar, es fácil en tiempos bonitos, difícil de demostrar en momentos “no tan bonitos”. Pero nuestros hijos necesitan ver y sentir que aún en los momentos más difíciles e independientemente de lo que hayan hecho, siempre los vamos a amar. El concepto del amor se construye y es invisible ante los ojos del niño. El cómo reaccionemos en los momentos de sus berrinches, ayuda en la construcción de esa definición.
Finalmente, vale decir que la autorregulación no es perfección, es proceso. No se trata de que el niño deje de enfadarse, sino de que aprenda a manejar ese enfado con ayuda. Y eso, poco a poco, lo lleva a encontrar dentro de él herramientas que antes solo estaban fuera. Esa es la meta real.




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